A a la propuesta de escribir sobre un museo de nuestra vida en el taller de escritura, surgió este texto
Pintada no vacía pintada está mi casa,
Del color de las grandes pasiones y
desgracias.
Miguel Hernandez
Y mi museo estariá también pintado, no vacío pero habrá pocas cosas.
Sería una sala circular con una sola puerta, por la
que entré y salí de esta existencia. El recorrido sería en sentido inverso a
las agujas del reloj. El centro permanecería vacío, como un lugar desde donde
tener una visión panorámica de todo lo que fue. Al ingresar alguien, se
activaría una música suave de guitarra clásica.
Ahí estarían los trozos de mi primer objeto deseado:
un caballito de madera que duró 24h. Cerca mi barco de casco naranja y su vela
de algodón azul. Habría 2 o 3 repisas,
para los pequeños objetos más míos: los guantes blancos de los días de fiesta
en la escuela, la insignia de mi colegio, el broche con el que durante muchos
años me até el pelo y mi primera lapicera a fuente.
Junto a mi bergere a
cada lado una mesita. En una álbumes de fotos, en la otra mis acuarelas,
dibujos y las cosas que he escrito y compaginado. Sobre ellos mis lentes y mi
lapicera Waterman. Ella se llama Socorro, es que me auxilia al escribir desde
hace 24 años.
En la pintura de la pared, para quien tenga ojos
para ver, estarían mis alegrías, mis dolores, los momentos imborrables y los
desafíos. Todos los sentimientos que manifesté o no, con los que contacté o no,
pero fueron míos.
Luego de que mis seres más cercanos lo hubieran
recorrido, el museo desaparecería como yo, integrándose al espacio infinito.
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