miércoles, 21 de agosto de 2019



A        a la propuesta de escribir sobre un museo de nuestra vida en el taller de escritura, surgió este texto

      Pintada no vacía pintada está mi casa,
      Del color de las grandes pasiones y desgracias.
                                           Miguel Hernandez

Y mi museo estariá también pintado, no vacío  pero habrá pocas cosas.
Sería una sala circular con una sola puerta, por la que entré y salí de esta existencia. El recorrido sería en sentido inverso a las agujas del reloj. El centro permanecería vacío, como un lugar desde donde tener una visión panorámica de todo lo que fue. Al ingresar alguien, se activaría una música suave de guitarra clásica.
Ahí estarían los trozos de mi primer objeto deseado: un caballito de madera que duró 24h. Cerca mi barco de casco naranja y su vela de algodón azul. Habría 2  o 3 repisas, para los pequeños objetos más míos: los guantes blancos de los días de fiesta en la escuela, la insignia de mi colegio, el broche con el que durante muchos años me até el pelo y mi primera lapicera a fuente.
Junto a mi bergere a  cada lado una mesita. En una álbumes de fotos, en la otra mis acuarelas, dibujos y las cosas que he escrito y compaginado. Sobre ellos mis lentes y mi lapicera Waterman. Ella se llama Socorro, es que me auxilia al escribir desde hace 24 años.
En la pintura de la pared, para quien tenga ojos para ver, estarían mis alegrías, mis dolores, los momentos imborrables y los desafíos. Todos los sentimientos que manifesté o no, con los que contacté o no, pero fueron míos.
Luego de que mis seres más cercanos lo hubieran recorrido, el museo desaparecería como yo, integrándose al espacio infinito.



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